Reflexiones Pedagógicas

 

 
LA COMUNICACIÓN EN EL AULA
 
Fare Suárez Sarmiento
 
 
 
Tal vez el aula se valide como el único escenario de segregación dialógica donde mejor se evidencia el postulado Saussureano acerca del circuito del habla. El maestro se muestra como emisor y sólo presta su condición por fatiga o cuando formula una pregunta. El alumno afianza su naturaleza de receptor, sin que pueda arrogarse el derecho de la posesión de la palabra sin autorización del maestro, quien le rinde culto a una tradición victimizadora de la cual no ha sabido fugarse.
Tal vez –también- el maestro no desea que el alumno aplique el pensamiento que Sastre destaca en su libro autobiográfico Las Palabras, en el cual confirma que “había descubierto el mundo a través del lenguaje, y que por eso tomaba el lenguaje como si fuera el mundo (1.978).
 
El maestro no ha querido entender, que no sería posible la constatación de la existencia del hombre si no se manifiesta, se corporiza en la palabra. El pensamiento humano se vivifica en la palabra, lo posibilita y naturaliza su hegemonía sobre las demás especies. El hombre no aprende a pensar, pues esta actividad tiene ocurrencia en un segmento del cuerpo que forma parte de su entidad síquica; la cual, a su vez, actúa de manera cohesiva con la entidad física. Pero el hombre sí aprende a expresar lo que piensa. La palabra, traduce el pensamiento y sirve como instrumento de negociación de significados dentro de cualquier contexto sociolingüístico. No sólo vehiculiza las relaciones sociales, también las humaniza, las sacraliza y facilita la solución de las diferencias en el seno de las sociedades civilizadas.
Como disolvente de los conflictos humanos, la palabra cumple con su función paliativa siempre y cuando la dicción se instaure en lugar de la acción; el decir se privilegie ante el hacer, y el pensar anteceda a ambos.
 
Es deber de la escuela y de la universidad recuperar el valor de uso de la palabra. Sepultar la enseñanza verbalista, implica un desplazamiento mental que obliga saltar la alambrada proxémica impuesta por la tradición. El lenguaje, ya no como reflejo ni representación de la realidad, sino como medio para su construcción, debe servir para explorar y explotar la riqueza comunicativa de los alumnos, más allá del carácter deontológico de la lengua preceptiva El desarrollo de las competencias comunicativas debe ser una prioridad, una urgencia de reivindicación, donde el silencio pierda su connotación pragmática, y la condición natural de hablar repliegue la incipiente cultura semiológica..
En este sentido, se torna imperativo revisar la forma como se distribuye el uso de la palabra en el aula. El continente de voces que se despliega antes del inicio de la jornada académica, sufre una castración por las normas y la censura, mientras que los supuestos beneficiarios quedan obligados a la utilización de un turno, una oportunidad para realizarse como individuos a partir de la comunicación libre y espontánea, por fuera de las consideraciones que se tienen “en un discurso que flexibilice las relaciones lingüísticas entre los usuarios en un proceso de aceptación de las diferencias.”(Berstein, p. 49)
 
El maestro destapa la comunicación. Dentro del rigor ceremonioso del inicio de la clase, impone el discurso, decide a quién le cede la palabra, la arrebata, fija las reglas de participación y crea un amotinamiento conceptual que se desvanece en los cerebros por el desuso. El aula convierte al alumno en monosilábico, en corista a ultranza. Hablar se convierte, así, en una acción a través de la cual el hombre refleja su miedo, y la acechanza del fracaso lo lleva a aplazar su intervención discursiva. Ocasión propicia para que el maestro recobre la palabra y distribuya el poder a lo largo y ancho del aula. No hay preguntas por temor a que se descubra la nesciencia; y si las hubiera, el maestro diluiría las respuestas con referencias y malabarismos discursivos que – por lo general – evidencian su sabiduría, pero obstaculizan cualquier nuevo intento de indagar por la esencia de las cosas. Al final, un maestro cuya voz se mece por los rincones del aula, sin hallar destinatarios ávidos de aprendizaje. Al contrario, los bostezos disimulados y la mirada furtiva a los relojes de pulso, nos dicen que los alumnos oyeron, mas no escucharon ni aprehendieron los riscos del monólogo del maestro. No hay gratitud por la enseñanza, sino agradecimiento por el cambio de clase. (Hace un tiempo comprendí la tortura del aula, cuando leí en el brazo del pupitre de un excelente estudiante” gracias a Dios es viernes”)
 
En otro sentido, el discurso en el aula continúa siendo lineal, absoluto y abstracto; se transmite en su estado codificado, sin revisión ni análisis. El maestro realiza la transferencia de autores sin aportarle reparos, ni restarle los significados irrelevantes, aun en aquellos casos en los que surgen los desacuerdos, en cuya circunstancia, elige obviar o saltarse los momentos del discurso que contradicen sus tesis, antes que someterlos al rigor de la crítica reflexiva, generadora de nuevas alternativas de significado.
En otras ocasiones, la falta de comprensión del discurso ajeno no deja que el maestro vaya más allá de la repitencia textual sin consideración alguna por la interferencia causada en la virginidad conceptual del alumno.
Si durante el desarrollo de los procesos cognoscitivos, el maestro dejara de considerar a los autores como ethos irrefutables, e iniciara la regulación de los contenidos a través de su propio metadiscurso, favorecería el cultivo del análisis crítico, antes de que el discurso llegara a operar como principio de verdad, en términos de principios incontrovertibles.
 
En último término, el aula se convierte en un punto de desencuentro entre microculturas que responden a manifestaciones inscritas en idearios muy dispares de los propuestos por la escuela y la universidad.
Siempre se ha expresado que el aula es un espacio donde convergen las experiencias previas (input, en voz de Chomsky), más tarde competencias, de los alumnos y el discurso académico. De la misma manera nos han engañando afirmando que el aula toma en cuenta sus saberes, cuando es todo lo contrario. La mayoría de las veces, la riqueza lingüística con sus múltiples variables tanto endofásicas como exofásicas, son descalificadas por el discurso pedagógico, en nombre de unos estándares morales que convierten la comunicación en el aula en un verdadero muro que pocos pueden saltar. Sólo el maestro queda entonces autorizado para llenar el salón con voces y expresiones descontextualizadas de la vida regular de los alumnos, quienes desde cuando inician la jornada académica, quedan incomunicados, casi mudos, hasta cuando la hora de salida les anuncia el momento de la liberación.
 
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