Acerca de la Comprensión 1

 

 
                                            ACERCA DE LA COMPRENSIÓN
Fare Suárez Sarmiento
 
Los diagnósticos surgidos a mediados de los noventas prendieron la alarma respecto a los niveles de comprensión lectora en la escuela. Seminarios, talleres, diplomados y especializaciones, estuvieron a la orden del día en el itinerario pedagógico del maestro. La proclive publicidad oficial terminó por convencer a la escuela de que era la culpable de la crisis académica y de la deshonra del último lugar en el país, para el caso del Magdalena.
Se inició un despliegue de estrategias y planes lectores para reducir el índice de analfabetismo lector. En realidad, se hizo lo mismo de siempre y los beneficiarios económicos fueron las editoriales y los expertos en lectura.
Hoy, poco se habla de las insuficiencias de lectura en la escuela. Tal vez, el desánimo por la poca efectividad de los discursos y acciones metodológicas ha obligado al maestro a echar otras miradas, a indagar desde la cuna de su experiencia docente, sobre alternativas que –sin ser novedosas- dieron frutos en el pasado. O sencillamente la escuela sigue su curso sin la tortura de la implementación de pasos que –según los Zubiría, los Gallego, los Busto y muchos otros- conducen de manera inequívoca a la comprensión.
 
Po fortuna, la práctica nos dice otra cosa. La praxis cotidiana nos señala que la lectura es apena uno de los campos semióticos que pertenece al dominio del hombre. El individuo, como sujeto único e irrepetible debe aprender primero a comprenderse él mismo, comprender el mundo que lo rodea, el contexto socio-cultural en el cual se desplaza, leer las situaciones que se le presentan, y que afectan su ideario.
Si interpretar es hallarle sentido al texto (entiéndase texto desde la perspectiva semiótica), comprender es el resultado de los aportes que el individuo le otorga a dicho texto en busca del acierto comunicativo. Todo en el mundo significa, comunica y lleva al hombre a asumir actitudes y posiciones en torno a ese significado. Nadie atraviesa una avenida con el semáforo en verde, porque comprende el riesgo que corre. Es decir, el sujeto se haya en constante desarrollo de lectura, cuyo proceso comprensivo estimula su pensamiento y determina sus acciones dentro de la sociedad.
Desde esta óptica, la comprensión del texto lingüístico no puede asimilarse como una tarea escolar de desciframiento de códigos y de marañas discursivas de un autor; sino como un acto semiótico ligado a la vida del hombre. Comprender un texto es entrar en diálogo con su autor, contradecirlo, respaldarlo, sumarle o restarle a sus ideas y temas; deconstruir y reconstruir significados, para luego producir otro texto; lo que equivale a decir, comprender. Pero para que ello tenga ocurrencia es necesario quitarle la denotación de deber u obligación y permitir que el sujeto haga con el texto literario las operaciones mentales que realiza en su vida diaria.
Así, no se le pida al niño que busque qué quiere decir el autor; pídale que quiere decir él acerca del texto. No le pregunte cuál es el tema. Pídale que extraiga del texto cualquier tema. No le formule preguntas cuyas respuestas yacen en el contenido del texto; permita que él mismo le haga las preguntas al autor. Seguramente, la riqueza creadora invadiría el calor del aula y el maestro no estaría tan pendiente del sonido del timbre.
 
Ya el sujeto aprendiente no se asombra por el vuelo del hombre; esa posibilidad la instituyó Supermán. No esperemos que la frialdad e indiferencia de un asesino en serie le arranque temores o las víctimas cercenadas le despierten sentimientos catárticos, si Garavito es presentado por los medios como un ser excepcional. No existe ningún contenido literario, informativo, anecdótico o periodístico capaz de estremecerlo. El imaginario del aprendiente permanece asaltado por la dantesca cotidianidad. La velocidad de la ocurrencia de los eventos reales no le dan margen siquiera para detenerse a pensar acerca del porqué de las cosas. Sólo las vive, las paladea con los amigos, en medio de la superficialidad analítica que la irrelevancia de los sucesos le amerita. Y es de esperarse, si el escenario natural para la disertación y el análisis se halla secuestrado por los menesteres de la academia, cada vez más lejana de la propia experiencia del individuo. El aula es el recinto donde la voz del maestro nace y muere con el timbre. El alumno sólo recoge el eco del contenido que ha de repetir absurdamente al siguiente día, y todos los días a lo largo de catorce años.
 
En el marco del proceso de comprensión, el sujeto debe de reconocerse dentro del universo semiótico en el cual le ha correspondido vivir. Así, sería conveniente que él mismo construyera su visión de mundo frente a interrogantes del orden de: Por qué se es pobre?
Qué factores determinan la división de clase?
Por qué es tan importante ostentar los poderes económico, político y cultural?
 
Cuando el sujeto comprende su mundo, le resulta más fácil comprender el universo diegético de la obra artística, realiza abstracciones de la ficción y las vincula con su ideario, a partir de analogías o pastiches oulipistas. De cualquier manera, la obra artística no puede ser vista como un tejido de laberintos metafóricos distante de los obstáculos que al sujeto lector le toca sortear, en los afanes del día a día.
 
En suma, el proceso de comprensión no debe circunscribirse a respuestas conductistas demarcadas por el texto. Las respuestas no deben estar en el texto, sino en los intereses del sujeto-lector, signadas por su visión y aprehensión del mundo. Los aciertos y los yerros no deben depender del autor ni del texto, ni mucho menos del diseño estereotipado del maestro; sino de las posibilidades que el sujeto-lector encuentre de resolver los conflictos planteados en la obra artística, pero desde la perspectiva de su vida cotidiana.
 
 
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